Mira que tú no
tienes la culpa, hombre. Un pie resbala,
pero no es nada. No es nada, hombre, las cosas pasaron como pasa todo en
esta existencia desaforada que nos empeñamos en llamar vida. ¿Cómo ibas a saber
que ella, que ellos, iban en la ambulancia? Vértigo,
como siempre. Siempre llevaste el celular, que se haya descargado fue un
suceso desafortunado; los hilos se rompen y no por eso quiere decir que la
telaraña esté en contra de la araña. Tampoco te buscaron, o tal vez sí lo
hicieron, ¿qué importancia tiene eso ahora? Vértigo,
de nuevo. De nuevo el ruido te está molestando. Sirenas. ¿Sirenas, verdad? Sólo te estás torturando, cabrón. Te
volaste el alto, ¿y? Todos en algún momento se han volado uno. Aquí arriba se siente más fría la noche.
La noche había llegado, después de esos meses de espera. Pero, ¿cómo ibas a
saber que ya no estaban en la casa, que se dirigían ya al hospital? Gritos, gritos por todos lados. Por
todos lados te dijeron que era tu culpa, pero tú sabes que el día había sido difícil,
que sólo querías llegar, descansar, verla de nuevo, con esa panza creciente. Más gente se acerca por la calle. La
calle parecía despejada, ¿recuerdas? Sí, tú no sabías que la ambulancia se
acercaba, no hubieras podido saberlo cuando te volaste el alto. Habías puesto jazz, el jazz siempre te
relaja, y el día había sido difícil. La
ambulancia. La ambulancia viniendo a toda velocidad, el jazz deteniéndose
de repente, los vidrios volando, el choque y todo lo que vino después. ¡No fue
tu culpa, grábatelo! Un salto, gritos,
aire, un choque. Un choque, eso fue, nada más. ¡No te tortures, cabrón, no
fue tu culpa! Ella estaba en la ambulancia, pero podría no haber estado, podría
no haber habido ambulancia siquiera. Pérdida total pero, ¡coño, estabas vivo!
Ella ya no, pero no fue tu puta culpa, no lo fue. Tú no los querías matar, ni
siquiera estabas pedo. ¡Eran tu vida y lo sabes! Pero no sabías que esa era la
ambulancia. ¿Cómo podías haberlo sabido? ¡¿Cómo?! ¡¿Qué haces, carajo?! ¡No fue
tu pinche culpa! Todo esto es inútil, ¿sabes?, morir. Todo el tiempo estamos
muriendo, sólo lo estás adelantando. Agua entrando por los oídos. Silencio.
febrero 21, 2012
febrero 13, 2012
Casa efímera y momento fijo.
Tomas
la fotografía que está encima del mueble de la sala. Lentamente recorres con
los dedos el fino marco de madera, mientras observas la cara que te sonríe
desde otro tiempo, años atrás.
Estás
cansado y sudoroso porque entraste corriendo a la casa en medio de todo ese
calor horrible, pero no importa. Miras fijamente la fotografía. En un instante
que dura menos de un segundo, todo se detiene; las cosas que caían dejan de
caer y el ruido de la calle se apaga.
En
la fotografía ves (como a través de un vidrio borroso) el día que naciste, los
doctores corriendo, tu madre sonriendo, gritos por todas partes. Ves tu infancia
y las tardes que pasabas en la azotea dibujando en el suelo con gises de colores;
y a Sirius, el perro que te regalaron a los seis años.
Miras
de nuevo tu adolescencia: la vez que te fracturaste una pierna en la bicicleta
y te pusiste contento porque Sofía te firmó el yeso con un corazón de sharpie (luego
ella se mudaría a otra ciudad, pero todo estaría bien. Te la encontrarías años
después, en un banco cerca de tu casa).
Ves
tu preparatoria, el primer maestro que odiaste en serio, la primera vez que
reprobaste una materia, el horrible extraordinario que no sabes cómo pasaste. Recuerdas
que fue en esa época cuando murió Sirius, recuerdas tu primera peda. Y tu
primera vez, en esa azotea en donde dibujabas con gises de colores.
Ahora
ves imágenes de la universidad, cuando decidiste salirte de casa, no por que te
corrieran ni porque hubiera dificultades, sino sólo por ese (estúpido) deseo de
“independencia”. Las noches sin dormir. Los días zombis, el trabajo. Las
fiestas, no pocas. Tu primer coche, un chevy seminuevo de un agradable color azul
celeste.
Ves
entonces el día que conociste a Monserrat, en una de esas salidas con los
amigos, en que todos se presentan a todos. Recuerdas otra vez el día en que te
la encontraste en una calle del centro, con sus comisuras curvándose hacia arriba, y
la propuesta espontánea de verse de nuevo otro día.
Ves
los meses siguientes, ella aceptando ser tu novia en una noche templada. Recuerdas
los altibajos normales, los meses pasando. Tu familia y ella, sonriéndote en tu
graduación, ella sonriéndote en su graduación. Los meses convirtiéndose en
años; ella sonriendo mientras en la página 43 de un libro le propones matrimonio
con una nota.
Después
ves los años siguientes. El trabajo, el momento en que al fin pudieron comprar
la casa, los primeros meses ahí, la decisión repentina de colgar un columpio en
el árbol del jardín, como niños pequeños. La foto que le tomaste en el
columpio. Ella sonriéndote desde el columpio, sonriéndote desde la fotografía.
Oyes
entonces los ruidos de la calle en un crescendo, Monserrat gritándote desde
afuera, mientras una tabla cae del techo. Tomas la fotografía, la oprimes junto
a tu pecho, y sales corriendo de la casa en llamas.
octubre 23, 2011
Fotografías.
Una fina llovizna caía sobre la ciudad, al mismo tiempo que la tarde. El contador Jiménez regresaba a casa después de un cansado día de trabajo, si es que a eso que él tenía se le podía llamar trabajo, día o casa.
Las cosas no iban bien en la empresa, las ganancias iban en descenso. Hacía algunas semanas había cometido un error costoso en un informe, y al parecer el jefe estaba dispuesto a recordárselo muy cortésmente cada jornada.
Llegó a la parada del autobús, metió una mano en el bolsillo de la gabardina para buscar un billete, y sintió dos agujeros. Primero uno en el bolsillo, y luego otro en el estómago.
Su casa no estaba lejos, pero tampoco estaba cerca. Empezó a caminar con pesadumbre, mientras oscurecía. La llovizna no cesaba y el contador comenzó a sentir el frío característico de aquel a quien se le ha metido agua en los zapatos rotos.
Recorrió varias cuadras. Se detuvo un momento bajo un pequeño techo de una casa que parecía vacía, para resguardarse un momento, con una poca esperanza —que él sabía de antemano inútil—, de que dejara de llover.
Bajó la mirada y descubrió, en un rincón oculto por un hueco en el concreto, una vieja cámara fotográfica. Se inclinó, la recogió y la examinó. Aún tenía el rollo fotográfico dentro. Trató de calcular cuánto le darían por ella en una casa de empeño, pero no se podía saber si funcionaba o no. En un acto casi involuntario, enfocó la cámara hacia un árbol cercano, y oprimió el disparador.
Sin sonido alguno, el árbol se desvaneció en la nada.
El contador miró hacia donde un momento atrás había estado el árbol. Luego miró alrededor suyo, pero no había nadie más en aquella calle.
«Al parecer estoy perdiendo ya la cordura, no me sorprende», se dijo a sí mismo con más desazón que incredulidad. Le echó un vistazo a la cámara, otro al cielo gris, y al fin reconoció que no dejaría de llover.
Se guardó la cámara bajo la gabardina, sosteniéndola con el brazo, y siguió caminando hasta llegar a su casa.
Llegó cuando la lluvia estaba empezando a arreciar. Entró en silencio, se quitó la gabardina, puso un disco de jazz (de esos característicos de aquel a quien se le ha metido agua en los zapatos rotos), sacó una botella de ron barato, se sirvió un vaso, tomó la cámara fotográfica, y empezó a desaparecer objetos de su casa.
Un vaso más de ron, y entonces desaparecía aquel reloj despertador que lo levantaba todos los días con un chillido. Otro vaso, y ya no estaba ahí ese horrible cuadro que alguien le regaló pensando que le gustaba el surrealismo. Un vaso más, y se desvanecía la cuarteada taza de porcelana, blanca, con trazos azules que ya se habían empezado a desvanecer desde meses atrás.
Así fueron desapareciendo, uno a uno, los objetos de su casa, y el ron.
Ya no sonaba el jazz cuando, apurando el último vaso, en el que quizá era su momento más lúcido, el contador enfocó la cámara hacia sí mismo, y oprimió el disparador.
Las cosas no iban bien en la empresa, las ganancias iban en descenso. Hacía algunas semanas había cometido un error costoso en un informe, y al parecer el jefe estaba dispuesto a recordárselo muy cortésmente cada jornada.
Llegó a la parada del autobús, metió una mano en el bolsillo de la gabardina para buscar un billete, y sintió dos agujeros. Primero uno en el bolsillo, y luego otro en el estómago.
Su casa no estaba lejos, pero tampoco estaba cerca. Empezó a caminar con pesadumbre, mientras oscurecía. La llovizna no cesaba y el contador comenzó a sentir el frío característico de aquel a quien se le ha metido agua en los zapatos rotos.
Recorrió varias cuadras. Se detuvo un momento bajo un pequeño techo de una casa que parecía vacía, para resguardarse un momento, con una poca esperanza —que él sabía de antemano inútil—, de que dejara de llover.
Bajó la mirada y descubrió, en un rincón oculto por un hueco en el concreto, una vieja cámara fotográfica. Se inclinó, la recogió y la examinó. Aún tenía el rollo fotográfico dentro. Trató de calcular cuánto le darían por ella en una casa de empeño, pero no se podía saber si funcionaba o no. En un acto casi involuntario, enfocó la cámara hacia un árbol cercano, y oprimió el disparador.
Sin sonido alguno, el árbol se desvaneció en la nada.
El contador miró hacia donde un momento atrás había estado el árbol. Luego miró alrededor suyo, pero no había nadie más en aquella calle.
«Al parecer estoy perdiendo ya la cordura, no me sorprende», se dijo a sí mismo con más desazón que incredulidad. Le echó un vistazo a la cámara, otro al cielo gris, y al fin reconoció que no dejaría de llover.
Se guardó la cámara bajo la gabardina, sosteniéndola con el brazo, y siguió caminando hasta llegar a su casa.
Llegó cuando la lluvia estaba empezando a arreciar. Entró en silencio, se quitó la gabardina, puso un disco de jazz (de esos característicos de aquel a quien se le ha metido agua en los zapatos rotos), sacó una botella de ron barato, se sirvió un vaso, tomó la cámara fotográfica, y empezó a desaparecer objetos de su casa.
Un vaso más de ron, y entonces desaparecía aquel reloj despertador que lo levantaba todos los días con un chillido. Otro vaso, y ya no estaba ahí ese horrible cuadro que alguien le regaló pensando que le gustaba el surrealismo. Un vaso más, y se desvanecía la cuarteada taza de porcelana, blanca, con trazos azules que ya se habían empezado a desvanecer desde meses atrás.
Así fueron desapareciendo, uno a uno, los objetos de su casa, y el ron.
Ya no sonaba el jazz cuando, apurando el último vaso, en el que quizá era su momento más lúcido, el contador enfocó la cámara hacia sí mismo, y oprimió el disparador.
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